jueves, 9 de septiembre de 2010

Hoy toca cuento...

¿Qué tal chicas? Estoy de curro que reviento!! Como ya os he comentado otras veces, los inicios de curso son terribles para mí, y bastante estresantes, porque no doy a basto en el hueco de la mañana en el centro (y siempre viene padres, niños o compañeros a preguntar dudas) y tengo que seguir currando por las tardes (con nenas, comidas, lavadoras por en medio).

A menudo me preguntáis cómo me da tiempo de todo. La respuesta es fácil: es una cuestión de ORGANIZACIÓN.  A menudo cocino una tarde entera y congelo para tener comida casera durante la semana, otras veces mis descansos son el blog y posteo entradas que programo. Por eso puedo "llevarlo pa'lante"; bueno, por eso y porque soy rapidilla, reconozcámoslo. Y porque las tareas de la casa y el cuidado de las nenas está totalmente compartidos con mi-manolo, claro. Si no, imposible.

Así que estos días, en que estoy con listas, horarios y papelitos varios, tengo que aparcar mis psico-post y demás cosas porque es imposible (y con todo el dolor de mi corazón porque los hago con toda mi ilusión y me llenan y re-llenan vuestros comentarios, jajaja). Sin embargo, como me gusta mucho leer y especialmente, me encantan los cuentos cortos, tengo una colección de ellos que alguna vez os he posteado. El que hoy os traigo, reflexiona precisamente sobre el estrés del mundo en que vivimos (a pesar de que soy una privilegiada por dónde vivo, en estrés rural existe jajaja).
Ahí queda eso:

En las islas Salomón, en el sur del Pacífico, algunos lugareños practican una forma única de talar árboles. Si un árbol es demasiado grande para ser talado con un hacha, los nativos lo hacen caer a gritos (no tengo a mano el artículo, pero juro que lo he leído.) Los leñadores con poderes especiales se suben a un árbol exactamente al amanecer y, de pronto, le gritan con todas la fuerza de sus pulmones. Lo harán durante treinta días. El árbol muere y se derrumba.- la teoría es que los gritos matan el espíritu del árbol,. Según los lugareños, da siempre resultado.
¡Ay, esos pobres inocentes ingenuos!¡Qué extraños y encantadores hábitos los de la jungla! Gritarles a los árboles ¡Vaya cosa! ¡Qué primitivo! Lástima que no tengan las ventajas de la tecnología moderna y de la mentalidad científica.
¿Y yo? Yo le grito a mi mujer. Y le grito al teléfono y a la segadora de césped. Y le grito a la televisión y al periódico y a mis hijos. Incluso se dice que he agitado el puño y le he gritado al cielo algunas veces.
El hombre de la puerta de al lado le grita mucho a su coche.- y este verano le oí gritarle a una escalera de tijera durante casi toda una tarde. Nosotros, la gente educada, urbana y moderna, le gritamos al tráfico y los árbitros, y a las facturas y a los bancos, y a las máquinas… sobre todo, a las máquinas. Las máquinas y los parientes se llevan la mayor parte de los gritos.
Yo no sé qué hay de bueno en ello. Las máquinas y las cosas siguen en su sitio, Ni siquiera darles patadas sirve a veces para nada. En cuanto s las personas, bueno, los isleños de Salomón pueden apuntar se un tanto. Gritarles a las cosas vivas puede hacer que muera el espíritu que hay en ellas. Los palos y las piedras pueden romper nuestros huesos, pero las palabras rompen nuestros corazones.

ROBERT FULGHUM

¿Qué os pareció?
Da que pensar, ¿verdad?
Un besazo!

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