sábado, 18 de diciembre de 2010

La poeta potinguera

Érase una vez una poeta en cuyo plumier guardaba pinceles.
Érase una vez, una mujer coqueta, que atesoraba versos en su neceser.

De mirada gatuna y sonrisa pícara,
de pluma ágil y gusto exquisito: su prosa poética deleita, evoca, revive.
Y convoca una nostalgia, de la buena: aquella que no hace referencia a lo que se dejó marchar o a lo que no se vivió, sino a lo bien que se vivió la época aquella. 
Que juega con los colores, igual que con las palabras,
que te hace oler golosinas, saborear la chispa del refresco de naranja, convocar la pesadez cálida de un buen chocolate, ése que bebías cuando creías en Don Pérez.

Que te lleva de viaje por las calles mojadas de Sevilla,
por las tiendas pequeñas, como corsaria en busca de botines para sus sentidos,
escogiendo momentos, compartiendo una infancia, unas inquietudes adolescentes, un ser mujer plácido y gustoso.
Con ella el paso del tiempo no angustia, porque sus tictac repasan esperas de las que se disfrutan.
Lo que escribe, se consume de dos modos, con truco, como el tequila...
...primero quieres devorarlo, de un tirón, hasta llegar al fin...hacerlo tuyo de una sola bocanada.

...cuando llegas al fin, quieres empezar de nuevo y paladearlo, como el buen vino. Darle su tiempo, el que merece.

Muchas habéis sabido quién es solo con el título, otras quizá leyendo el texto, y quienes no conozcáis a Adaldrida, os estáis perdiendo una maravilla de escritos, donde las metáforas duermen con iluminadores y sinestesias guiñan el ojo a labiales.

Gracias a ella he tenido la suerte de disfrutar el libro Las siete Barbies solteras, en el que me inspiro para escribir este post. En el que tienen cabida amores, bricolaje de sombras, anocheceres en balcones y gotas de lluvia, de las que gustan.

Una mujer con nombre casi vidrioso y corazón consistente, culta, alegre, hermosa. Como Dios manda.
La considero una amiga, aunque no nos hayamos visto las caras, pero todo se andará.
Un besazo, Rocío. 

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