miércoles, 23 de febrero de 2011

El poder del lenguaje, en su justa medida.

Como os comentaba ayer, el recorrido por estos libros no va a seguir un orden capitular estricto, sino que más bien nos detendremos en aspectos que me parezcan interesantes o enriquecedores por novedosos.

Es el caso de hoy. El autor apenas dedica unos párrafos a este tema, pero se nota que engloba a modo de principio, muchas afirmaciones de la obra entera. Hace referencia a lo PODEROSO QUE ES EL LENGUAJE porque no solo da información, sino que también CONVENCE. Y por supuesto, dado que se da entre dos o más “subjetividades” (entendidas como dos o más “yo”, personas, con sus peculiaridades y su trayecto diferente e intransferible), se presta a confusión, malinterpretación y engaño.

Muchas son las obras dedicadas en diferentes ramas del conocimiento a alabar la importancia y “bondad” del lenguaje (lo cual es indiscutible), pero pocas se han dedicado a “ponerlo en su sitio”. Y me explico:

  • ·         ¿Alguna vez os ha pasado que no eráis consciente de un defecto hasta que os lo dijeron?
  • ·         ¿O de una virtud?
  • ·         ¿Alguna vez habéis modificado vuestro comportamiento a expensas de alguien que os comentó algo al respecto?
  • ·         ¿O incluso, habéis dejado de hacer algo, habéis perdido la ilusión?

En la adolescencia (época conocida por su vulnerabilidad a la influencia de los demás, aunque con matices), es muy común que los chicos y chicas se dejen llevar por los comentarios de sus iguales.

Obviamente, y tal como todas las teorías de Inteligencia Emocional y Habilidades Sociales proponen, el lenguaje en este sentido puede ser un recurso que ayuda a mejorar como personas. Si alguien me dice “por favor, deja de interrumpir a los demás cuando hablan”, simplemente está haciéndome consciente de una forma de actuar que debe mejorarse.

¿Pero qué pasa cuando el lenguaje es más negativo, cuando se hace chantaje, cuando hiere la sensibilidad del que escucha? Todos somos humanos y nadie perfecto, por lo que a menudo, aunque sepamos la mejor manera de hacer las cosas, si nos dejamos llevar por impulsos y emociones, podemos caer en ello:

  • -          ¿Te has dado cuenta de lo mal que vocalizas?
  • -          Deja ya de acaparar la conversación, que mareas a cualquiera
  • -          Yo creo que eso que intentas es muy difícil para ti.

Siempre nos hemos puesto al “otro lado de la acera” y hemos hablado de cómo emitir estos mensajes de forma positiva, pero poco nos hemos detenido a ver qué sucede cuando los estoy recibiendo, de todas formas.
Y aquí es donde el autor hace esa aportación que me ha gustado: las palabras son solo palabras y no hay que darles más importancia que esa. En ese sentido, os propongo profundizar en estas ideas:

  • ·         Da a cada conversación su justa importancia. 

Las palabras solo pueden hacernos daño si nosotros lo permitimos. Una conversación tiene sentido en el momento en que se produce; pasado el tiempo, nuestra forma de percibir las cosas ha cambiado y por tanto también cambiará la interpretación que daremos a una conversación anterior.
¿No os ha pasado intentar recordar una discusión y no poder recordar las palabras exactas, aunque sí el momento de furia, ira o dolor? Quizá si tiempo después, leyéramos o escuchásemos literalmente las palabras que formaron esa conversación, nuestra impresión sobre ella cambiaría bastante.

  • ·         No hagas juicios de valor a partir de lo que los demás te dicen.

Que alguien diga una tontería no implica que SEA tonto. Esta falacia la creamos continuamente cuando tenemos conversaciones. Decimos “Fulanito es tal cosa porque ha dicho esto” pero, realmente… ¿Es una palabra, una frase o una conversación entera, ejemplo de cómo es una persona? Si en una vida entera apenas llegamos a conocernos a nosotros mismos o a la gente con la que convivimos más estrechamente, imagináos lo “engañoso” que puede ser inferir una CUALIDAD por una serie de PALABRAS. El comportamiento es un indicador mucho más fiable.

·         Acepta que los demás no tienen porque ser de tu misma opinión, y no lo consideres un impedimento para comunicarte.
Salvo en casos muy extremos, el que una persona sea de ideología diferente a la nuestra, la comunicación no tiene porqué anularse. Ni tampoco tenemos que andar convenciendo a nadie. Lo más sano es expresar que se entiende, pero no se comparte, siempre en términos de RESPETO, claro está.

Como os digo, las tres máximas del autor me parecen muy interesantes, porque si las llevamos a nuestra vida cotidiana veremos las cosas de una manera muy diferente, y posiblemente, de un modo emocionalmente más sano para los demás y para nosotros mismos, sobre todo.

Otro aspecto relacionado con el mundo del lenguaje es el que se da en mi propia persona, EL DIÁLOGO INTERIOR. Ya sabéis que soy firme defensora del autolenguaje y la introspección como forma de desarrollo personal, pero este tema ya lo hemos tocado.

El próximo día vamos a empezar otro tema que me apasiona. A menudo, en psicología evolutiva, se estudian los errores cognitivos de los niños/adolescentes: errores de percepción, falsas creencias, humanización de objetos, cosificación de seres vivos… Pero resulta que los adultos, también cometemos errores, también tenemos CREENCIAS IRRACIONALES. ¿Queréis sabes cuáles?
¡¡Besos!!

Me gusta